Jardín Interior de Ana Thiel

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Uno de los propósitos más altos en la creación de arte – quizá el más esencial – es el de inspirar a los espectadores a descubrir el mundo de una nueva forma. Si somos afortunados, una visita a una exposición de arte nos cambia, permitiéndonos experimentar nuestro entorno con nuevos ojos, reinventar lo ordinario, despertando nuestra percepción a lo que de otra manera pudiese permanecer invisible.

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Así como la extensa obra de Thiel nos revela que el vidrio es simultáneamente frágil y fiero, luminoso y denso, traslúcido e impenetrable, sus mensajes están incrustados en óxido o escondidos bajo grietas.

Cada pieza está abierta para ser leída, como hay que leer los libros, con ojos y con corazón.

Como Andy Goldsworthy, como Anselm Kiefer – dos artistas con los cuales ella ha sido favorablemente comparada – Ana Thiel nos recuerda amar al mundo, no importando que sea efímero o dañado por el tiempo. Podremos sentirnos incómodos e inclusive con el corazón resquebrajado por sus obras, pero ciertamente nos sentiremos transformados por ellas.

Elizabeth Rosner, poeta y autora